Un viaje para pensar

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Mi punto de partida comienza con una mochila de veintiún kilos, una cámara de fotos y unas botas, a lo que sumo dos vuelos de seis horas y uno de una hora, acompañados de cinco sobeteos en cada terminal porque, quién sabe qué te has podido meter entre las ropas en cincuenta metros.

Pero ¿esto qué es? Dejé la ciudad, el “primer mundo” para poder relajarme, hacer el “camino espiritual” ponerme en contacto con la naturaleza, escucharla y escucharme; Aquí solo veo caos, basura, coches por todos lados, cables eléctricos descolgados y gente, mucha gente. Aún así me dirijo a la estación de autobuses, allí con mis veintiún kilos en mis piernas, porque el autobús está (literalmente) hasta el techo, sigo los pasos que me llevarán a mi camino por los Annapurnas. Eso sí, sin mirar mucho por la ventana para no ver el acantilado por el que se deslizan las ruedas de mi transporte.

Campamento base. Sin señal.

La única tecnología que hay es mi cámara. La maquinaria para labrar y trabajar es rudimentaria, no hay carreteras para coches y el aire que te entra en los pulmones es gratificante para el alma. Aquí prima el trabajo duro, el colaborativo y las ganas de continuar. << ¿En qué punto decidimos que esto no era vida?>>

La única basura que veo es la que el propio turista deja a su paso, porque el “primer mundo” se dedica a eso, a estropear lo que todavía no ha llegado a sus manos. Y luego lo arregla con un: “lo hago por tu bien”.

A lo lejos, veo alguien que viene hacia mi que lleva algo cargado a la espalda. <<¿Eso es un wáter?>> Cuando el muchacho pasa frente a mí, miro mi mochila que para mi ya pesa cien kilos, y lo miro a él, cargando un wáter de mármol con una cinta enganchada a la cabeza. A día de hoy no salgo de mi asombro.

En mi parada para comer un señor caminaba a duras penas con un tronco de árbol más grande que yo a sus espaldas al mismo estilo que el muchacho del wáter. Así, fui viendo trabajadores con leña, cebada, etc., transportando pesadas cargas. << No me quejaré más de mi mochila.>>

El camino fue largo, duro y enriquecedor. Algunas veces el tiempo acompañó, otras mejor no recodarlo. Sin embargo, en cada pueblo al que llegaba, si se pueden calificar como tal, veía sonrisas, niños jugando con aros, piedras, palos… usando su imaginación y disfrutando de su niñez. <<¿dónde quedó eso en el primer mundo?>>

Mi aventura llega a su fin. Y pienso si seremos capaz de conservar la niñez creativa, la adolescencia luchadora y una madurez que cuide que el ciclo vuelva a repetirse tantas veces como sea necesario, Y, sobre todo, pienso si seremos capaz de no estropear el único planeta que tenemos para vivir.

 

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