Renato el reno.

Mirando al infinito a través de la ventana de la cocina, se van despertando mis sentidos al olor del pan recién tostado. Cojo la taza de té que calienta mis manos, y soplo suavemente el agua antes de dar el primer sorbo. Como cada mañana, me quemo. Sin embargo, hay algo nuevo <<¿Qué haces aquí tan solo?>>

Elegante y tranquilo sobre el campo de fútbol se encuentra un hermoso reno pastando. Lo observo y pienso que será solo casualidad que haya aparecido esta mañana. De repente, sale corriendo, cruza la carretera y se pierde tras la primera colina. Un sueño quizás. No. Bajo la mirada hasta donde lo encontré por primera vez, y veo a un turista que corre hacia su coche.

Renato el reno, se convierte en mi compañero matutino. Aunque por más que le pregunto nunca me contesta. Comienzo a escuchar historias por el pueblo: “Ha venido a morir solo por eso se ha separado de la manada” o “Lo van a matar porque va a causar un accidente, los turistas se paran en mitad de la calle solo para fotografiarlo.”

<<¿Qué haces aquí tan solo? ¿no notas el peligro que te rodea?>> Le pregunto con la mirada, pero me ignora.

Tras varios días sin verlo, empecé a pensar que realmente había venido a morir solo en alguna esquina. Sin embargo, un día en el que iba paseando por el pueblo lo vi a lo lejos. <<¡Qué alegría de que sigas vivo!>> 

<<¿Por qué iba a morir? simplemente, me he desorientado. Cuando pastaba con mi manada se pararon coches a nuestro lado, de ellos salieron humanos que disparaban flashes de luz y corrían hacia nosotros. Asustados, salimos en estampida. La nieve escasea, los glaciales se derriten y el calor nos atonta, no vi las obras de la carretera y  caí por el terraplén. Al levantarme ya no vi a mi manada. Solo tengo que aguantar un poco más y volverán a estar cerca. Solo un poco más.>>

Después de aquello no volví a ver a Renato. Cuando pregunto nadie sabe de él o lo ha vuelto a ver. Algunas veces creo que lo veo, pero quizás solo sean imaginaciones mías. Cuando viajo veo grupos de renos disfrutando de la libertad, y pienso en Renato feliz, corriendo con los suyos, disfrutando del aire fresco, cuidando y enseñando a las crías a sobrevivir.

<<Si es que el ser humano se lo permite.>>

 

Un viaje para pensar

IMG_9905

Mi punto de partida comienza con una mochila de veintiún kilos, una cámara de fotos y unas botas, a lo que sumo dos vuelos de seis horas y uno de una hora, acompañados de cinco sobeteos en cada terminal porque, quién sabe qué te has podido meter entre las ropas en cincuenta metros.

Pero ¿esto qué es? Dejé la ciudad, el “primer mundo” para poder relajarme, hacer el “camino espiritual” ponerme en contacto con la naturaleza, escucharla y escucharme; Aquí solo veo caos, basura, coches por todos lados, cables eléctricos descolgados y gente, mucha gente. Aún así me dirijo a la estación de autobuses, allí con mis veintiún kilos en mis piernas, porque el autobús está (literalmente) hasta el techo, sigo los pasos que me llevarán a mi camino por los Annapurnas. Eso sí, sin mirar mucho por la ventana para no ver el acantilado por el que se deslizan las ruedas de mi transporte.

Campamento base. Sin señal.

La única tecnología que hay es mi cámara. La maquinaria para labrar y trabajar es rudimentaria, no hay carreteras para coches y el aire que te entra en los pulmones es gratificante para el alma. Aquí prima el trabajo duro, el colaborativo y las ganas de continuar. << ¿En qué punto decidimos que esto no era vida?>>

La única basura que veo es la que el propio turista deja a su paso, porque el “primer mundo” se dedica a eso, a estropear lo que todavía no ha llegado a sus manos. Y luego lo arregla con un: “lo hago por tu bien”.

A lo lejos, veo alguien que viene hacia mi que lleva algo cargado a la espalda. <<¿Eso es un wáter?>> Cuando el muchacho pasa frente a mí, miro mi mochila que para mi ya pesa cien kilos, y lo miro a él, cargando un wáter de mármol con una cinta enganchada a la cabeza. A día de hoy no salgo de mi asombro.

En mi parada para comer un señor caminaba a duras penas con un tronco de árbol más grande que yo a sus espaldas al mismo estilo que el muchacho del wáter. Así, fui viendo trabajadores con leña, cebada, etc., transportando pesadas cargas. << No me quejaré más de mi mochila.>>

El camino fue largo, duro y enriquecedor. Algunas veces el tiempo acompañó, otras mejor no recodarlo. Sin embargo, en cada pueblo al que llegaba, si se pueden calificar como tal, veía sonrisas, niños jugando con aros, piedras, palos… usando su imaginación y disfrutando de su niñez. <<¿dónde quedó eso en el primer mundo?>>

Mi aventura llega a su fin. Y pienso si seremos capaz de conservar la niñez creativa, la adolescencia luchadora y una madurez que cuide que el ciclo vuelva a repetirse tantas veces como sea necesario, Y, sobre todo, pienso si seremos capaz de no estropear el único planeta que tenemos para vivir.

 

Relato para concurso Zenda. Historia de hombres (y algunas mujeres)

En la vida todo puede cambiar en cuestión de segundos. Un día eres el hombre más feliz del mundo, con una mujer que te quiere y tres hijos maravillosos que te han dado nietos estupendos, e incluso algún bisnieto. Los has visto crecer, madurar, pelear, caer y volverse a levantar. Fueron pocas las ocasiones en las que fui yo el que lidió con esas batallas; solo era el que tenía la última palabra, pero incluso eso, era solo a veces.

Nuestra primera estrella se fue apagando durante 4 años hasta que ya no pudo más. Y tú, mi hermosa Rosalinda, en vez de caer como lo hice yo, supiste mantenerte en pie para darnos la mano y tirar de todos. De tus nietos, tanto los que entendían lo que pasaba como de los que no; de tus hijos, perdonando sus ofensas y acurrucando a los que no daban sentido a la sinrazón; y de mí, un marido derrotado que no sabía más que hacerte el café, el pan y el zumo cada mañana, y que con lágrimas en los ojos te dice cada día Rosalinda, tú nunca me dejes, que yo ya soy solo un viejo, feo y tonto.

Mientras yo me marchitaba en el ciclo de la vida, tú floreciste más. Lo vivido durante el transcurso de la historia no te hizo vacilar. La vida está para vivirla.

Creciste en una familia de cinco hermanos que han ido perdiendo la memoria hasta olvidarse incluso de ellos mismos. Perdonas los despistes, las trescientas llamadas sin razón y sigues cuidando de la pequeña, aunque no vea que tu cuerpo de 83 años no es el mismo que el de los 20.

Maduraste a mi lado, educado bajo estereotipos de patriarcado al que supiste plantarle cara, manejar y endulzar. A ti nada te para. Me enseñaste en todo este tiempo que tú tienes más valía que cualquier persona en este mundo, trabajando en la casa, cosiendo y retocando fotografías a mi lado. La dictadura, la transición, las huelgas, las luchas de derechos, el amor libre, los locos ochenta, la llegada de las nuevas tecnologías… ¡Uff! No me digas na’, eso es lo único que yo sé decir a tanto cambio, pero a ti nada te asusta. Tú no vas a pararte a ver el tiempo pasar, ni vas a sentarte a esperar que lleguen tiempos mejores, sino que vas y los buscas.

Cada día nos cuesta más mover nuestros cuerpos. No te he escuchado quejarte ni una vez. Ojalá tuviera un poquito más de ti. Ojalá mis nietas, como mis hijas antes, tengan de ti todo lo que yo veo, un alma luchadora, un alma con hambre de sabiduría, buen saber y saber estar, un alma pura.

Yo ya sabía, aquel 29 de marzo del 1958, que me casaba con una mujer maravillosa, lo que no llegué a imaginar es que me enseñarías que la evolución solo termina cuando morimos y continúa en los que quedan vivos.