El viaje responsable

Como cada año en la época estival tocaba cambiar de aires. Ariel lo sentía en su cuerpo. Aunque había sido un primer semestre del año un poco raro, y habían tenido que permanecer encerrados mucho tiempo; esa sensación no había cambiado. Sus padres preparaban lo estimado, arreglaban el coche y la ropa necesaria, mientras su única función era echarle un ojo a su hermana.

  • ¿Dónde vamos este año? – preguntó con ilusión. – ¿Al mar, a la montaña, a un lugar donde valerosas personas hicieron historia tras una ardua aventura?
  • Nos vamos al pueblo. – Ariel no pudo contener la mueca de su cara. – No pongas esa cara, ya verás, te divertirás un montón y tendréis más espacio para correr en la antigua casa de los abuelos. Allí nos lo hemos pasado en grande muchas generaciones.
    Ariel sabía que no merecía la pena una rabieta. Sus padres estaban siendo responsables tras la pandemia que estaba viviendo España durante esos meses. Sus abuelos habían estado aislados en la residencia y, a día de hoy, todavía era difícil ir a visitarlos. Había rebrotes por todos lados, el calor no amansaba a las fieras (también conocidas como seres humanos) que solo querían estar en la playa y en las terrazas para llevar el verano lo mejor posible dentro de la “nueva normalidad” que te obligaba a ponerte mascarillas a 40 grados a la sombra y a mantener la distancia de seguridad de dos metros. Sin embargo, era lo más responsable, es más, lo mejor que se podía hacer era seguir evitando salir innecesariamente.
    Con resignación se preparó para partir al pueblo.
    La antigua casa de sus abuelos era un pequeño cortijo. El paso del tiempo lo había demacrado, pero era habitable en su interior. El exterior quizás necesitaría más trabajo, pero aún así tenía su encanto. A decir verdad, en esa casa tenían todo lo necesario, el problema es que Ariel todavía no lo había visto.
    Los días de verano pasaban delante de sus ojos. No aventuras este verano. Iba de la cama al sofá y, de vez en cuando, se asomaba fuera para ver qué hacían sus padres y a remojarse en la piscina portable que tan de moda se habían puesto en esta época.
  • No sé cómo puedes aburrirte. – Le comentó su madre una de las veces que se asomó bajo el marco de la puerta trasera. – Aquí hay un mundo infinito que descubrir, solo tienes que despertar tu curiosidad. ¡Tengo una idea! Mañana voy a abrir el altillo, seguro que tus abuelos tienen ahí cosas inimaginables, ten en cuenta que esta casa ha estado en la familia por generaciones, y no creo que nadie se haya parado a pensar qué se ha guardado ahí arriba.
    Cuando se despertó a la mañana siguiente, su madre ya estaba metida en faena. No se había fijado que en la parte superior del pasillo había un hueco al que solo se podía acceder poniendo una escalera de casi dos metros de altura. El cuartillo no era muy alto, pero era profundo. Su madre tenía la boca tapada con una mascarilla para protegerse de la inmensidad de polvo que se había acumulado durante años; además, se las había ingeniado para llegar hasta una trampilla que dejaba correr una brisa de aire al abrirse.
    Disfraces, fotos, maletas, cajas, ropa… “tenía razón cuando dijo que había muchísimas cosas aquí guardadas”. Pensó.
  • ¡Buenos días! – Saludó su madre con entusiasmo. – Estoy revisando qué hay en cada caja, bolsa, maleta… bueno, en todo lo que alcanzo. Llama a tu padre y que se quede debajo de la escalera cogiendo lo que yo te voy dando. Así haremos más espacio para poder limpiar y organizar mejor.
    Al final del día, habían removido todo el cuartillo y solo les quedaba el fondo, que estaba tapado por un muro de cajas y baúles que solo dejaban paso la pequeña ventana que les permitía no asfixiarse ahí dentro. Ariel se quedó mirando ese rincón, su curiosidad se había despertado. Sin embargo, tendría que esperar hasta la mañana siguiente.
    En sus sueños imaginó un sin fin de posibilidades que se escondían bajo aquella ventana tras las cajas. Estaba tan excitado por saber qué había allí que se levantó más temprano que nunca y, en esta ocasión, fue quien esperó a su madre junto a la escalera.
  • Buenos días…has madrugado hoy.
  • ¿Podemos mover las cajas del fondo primero?
    Su madre afirmó esbozando una sonrisa.
    Tras el muro de cajas descubrieron un hueco que hacía de sofá, con cajones en sus bajos, cada cajón contenía algo distinto, uno estaba lleno de libros y algunas fotos, otro estaba contenía una escupidera, y el otro algún que otro utensilio de cocina. A los pies de la estructura había una especie de compartimento que contenía unos cables conectados a una bandeja y a una polea. Parecía un escondite secreto.
    A partir de ese momento, Ariel pasaba la mayor parte del tiempo indagando quién podía haber vivido allí escondido. La trampilla llegaba hasta uno de los muebles de la cocina, pero cuando abrías el mueble era imperceptible, solo la veías si sabías que estaba ahí. Entre las fotos y libros encontró un diario, del que salió una foto.
  • La de la izquierda es tu abuela, pero no recuerdo haber visto a este hombre en mi vida. Ni ella lo mencionó en ningún momento. Desde que tengo uso de razón el altillo ha estado ahí, la abuela nunca nos dejó subir. Ella era la única que hacía y deshacía ahí dentro. – Su madre se paró por un momento a pensar. – Sin embargo, tus tíos recuerdan esa parte de la pared tapiada como el resto y que no recuerdan haber tenido que sacar muchos escombros para hacer esa habitación cuando la abrieron. Supongo que solo tus abuelos podrán responderte a esas preguntas. Esperemos que podamos visitarlos pronto sin ponerlos en peligro de contagio.

Su madre le dejó que se creara un refugio en aquel rincón. Fue allí, con aquel diario de alguien a quien no conocía, el que le dio la aventura que buscaba.